Artículos de Arte
Faber est suae quisque fortunae

La antropología monstruosa

Lo maravilloso no se da habitualmente en lo que tenemos cerca, sino más bien allí donde no alcanza nuestra vista, y es por eso que lugares lejanos en los confines del mundo son considerados misteriosos, inexplorados y llenos de monstruos, es el Finis Terrae.

Las "Maravillas de Oriente" determinaron la imagen occidental de la India durante casi dos mil años y estuvieron presentes en las ciencias, la geografía, en los libros y cosmografías, los mapas y las artes plásticas. La mentalidad cristiana aceptó una antropología monstruosa de lo lejano, que incluso no se discutió su existencia a lo largo de la Edad Media, dando lugar a que, durante los siglos XI y XII, se poblara de imágenes turbadoras plasmadas en la escultura, la pintura y la miniatura. La falta de espíritu crítico y una gran ingenuidad hizo que se aceptaran como verdaderos, seres de extrañas configuraciones, en los que se mezclaba lo puramente animal con lo humano. Estas formas tan diferentes que se han representado en la pintura y en la escultura, fueron de tal modo aceptadas que hasta han podido ser clasificadas.

Algunos de estos monstruos se los sitúa concretamente en la India (según San Isidoro): Panocios, Cíclopes, Esciápodes, Cinocéfalos, Gigantes, Pigmeos, Sátiros. Todos estos monstruos se representan en las sillerías de coro góticas españolas, como las de las catedrales de Toledo, Zamora, León y Sevilla. Plinio habla de que en la India los hombres se unen con las bestias (como así aparece en las esculturas o relieves de Khajuraho), y así se explica que aparezcan estos productos híbridos y monstruosos. Los "salvajes" no eran frecuentes en el arte medieval hispano, sin embargo, aparecen con gran fuerza, e indispensables, a finales del gótico y principios del renacimiento. En la primera mitad del siglo XIV surge este tema con un significado caballeresco, la liberación de una doncella del dominio de un peludo personaje, así aparece en las ilustraciones del Libro de Alejandro, posible precedente de todas las representaciones del "salvaje".

Izq.: Zoofilía, Templo Lakshmana, año 954, figuras del zócalo, Khajuraho, India

Drcha.: Página iluminada del Libro de Alejandro el Grande, 1444, The British Library, Londres

Durante el siglo XV este tema evoluciona, apareciendo el salvaje mezclado con la decoración vegetal como habitante de los bosques y las selvas, y apartado de la civilización. En Castilla, comienza a utilizarse como tenante heráldico, como los que decoran la Capilla de los Condestables de la Catedral de Burgos, también se colocan, a tamaño natural, flanqueando la puerta principal de algún edificio, como los que hay en la fachada principal de la catedral de Ávila o en la del Colegio San Gregorio de Valladolid.

Izq.: Página iluminada del Libro de Alejandro el Grande, 1444, The British Library, Londres

Drcha.: Escudo de Don Pedro Fernández de Velasco con Salvajes como Tenantes, siglo XV, Capilla de los Condestables, Catedral de Santa María, Burgos.

En el ocaso de la Edad Media se transmite una vida nueva a la naturaleza que refleja a menudo rarezas y exotismo. Las figuras de brazos múltiples, así como las que llevan serpientes, normales en India, son una de las aportaciones más típicas, son siempre imágenes de origen oriental y entran a formar parte de las alegorías medievales, portando en sus múltiples manos "los tesoros que satisfacen todos los deseos".

El dios de varias caras (en la India, Brahmā) tendrá diferentes simbologías en la iconografía occidental en las alegorías de virtudes y vicios. Existe una curiosa imagen de la Trinidad trifacial muy frecuente en el arte español a pesar de estar considerada herética.

El hijo de Ṥiva y Pārvātī, con cabeza de elefante (Gaṇeṥa), en Europa figura, por ejemplo, entre los acompañantes tentadores en la obra Las Tentaciones de San Antonio de Lucas Cranach, el Viejo, y estamos en pleno Renacimiento.

Izq.: Anónimo cusqueño - Trinidad trifacial, siglo XVIII, Museo del Arte, Lima

Drcha.: Lucas Cranach, el Viejo - Las Tentaciones de San Antonio, 1520-25, Obispado de Litomerice, República Checa

Las plantas con frutos zoomórficos derivan de una doble tradición, ornamental y legendaria. Al principio fue el Árbol de la Vida, que desde antiguas representaciones aparecidas en Mohenjo-Daro se le da forma de hom con cabezas. Aparecen en la iconografía bizantina y renacen con el impulso oriental que se da en la Edad Media. La visión se generaliza a través de los cuentos árabes relativos a los árboles que producen seres vivos, difundidos a partir del siglo VIII. La leyenda se narra en Los libros de maravillas de la India, escritos en el siglo X, y en España lo recoge el Kaith al-djaghafiya de un geógrafo anónimo de Almería en el siglo XII.

Oriente está lleno de vegetales que se confunden con la fauna, pues en un jardín hindú, los granados, cuando florecen, parecen producir pájaros multicolores, lo cual trasplantado a Occidente, el árbol fabuloso experimenta cambios similares convirtiéndose con el tiempo en árbol heráldico. La flora de frutos antropomórficos seguirá utilizándose mucho más allá de la Edad Media, ya que se sigue viendo sus representaciones en grabados del siglo XVII.

La idea clásica de la India como tierra de prodigios y razas fabulosas se mantuvo en toda Europa hasta los siglos XV y XVI. A partir de los conocimientos geográficos, esta visión comienza a cambiar, pues ya no se sostienen las antiguas historias sobre la India. Tanto los monjes dominicos o franciscanos del siglo XIII hasta Colón o Magallanes, partían hacia lejanos países con una idea preconcebida sobre lo que se iban a encontrar allí. La visión simbólica del universo generalizada durante años en la sociedad de los siglos XV y XVI provocaba todavía que estos testigos oculares constituyeran una corroboración de las autoridades clásicas, y la gente aprendió muy lentamente a distinguir entre lo ficticio y lo verdadero en las informaciones recibidas.

Bibliografía

VV.AA., India-España, Sueño y Realidad, Embajada de la India, Madrid 2002

Artículo publicado en Julio de 2017 en la Revista Digital "Qué Aprendemos Hoy".

© Ramón Muñoz López